Una buena mañana ilicitana, alrededor de un café, mi amigo y novelista Juanjo Rastrollo, me comentó que una de sus fuentes de inspiración era Paul Auster. Algo me sonaba (los exitosos guiones de Smoke y Blue in the face), pero yo no había leído nada. Sabía que el americano era un autor de culto y que merecía la pena. Me recomendó la Trilogía de Nueva York, y a por ella me fui. Por ahora, he leído la primera entrega, que paso a comentar.
La trama de Ciudad de cristal -que así se titula- se inicia con un hecho que le sucedió realmente al autor: una llamada errada en mitad de la noche de alguien que pregunta por un detective llamado Paul Auster. Daniel Quinn (un escritor de novela negra fracasado), es el que descuelga el teléfono y al cabo afirma -sorprendiéndose incluso a sí mismo- ser la persona buscada. Le encargan un caso bastante escabroso y se dispone a investigarlo: es la forma de pasar de la literatura a la realidad.
Pero hete aquí que, en lugar de una aventura detectivesca al uso, nos encontramos con una novela de corte existencial, donde el protagonista se involucra de tal manera en la investigación del caso encargado que inicia un viaje iniciático por las calles de Nueva York en busca de su propia identidad y del sentido de su vida.
Para ello, se inspira en nuestro Don Quijote que espera vencer a los molinos y se estrella con la realidad. Buscar nuestro sentido supone la locura, nos viene a transmitir.
La ciudad de cristal es una novela de culto, entre filosófica y policial, que ha supuesto una novedad influyente en el panorama de la novela negra actual.
Realmente, Quinn es un Quijote neoyorquino, es decir, un personaje universal que está presente en toda la literatura. Su atemporalidad es lo que hace tan importante esta trilogía y el mismo Paul Auster. Su aportación a la literatura es única.
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