El poeta valenciano Rafael Camarasa nos ofrece, en estas Vacaciones del escritor (Contrabando, 2026), un nuevo poemario que sigue con gran coherencia las líneas maestras de anteriores entregas. Ya comentamos en este blog el poemario titulado El que mira, con el que recibió el premio Ciudad de Burgos. En esa ocasión, escribí que el título lo dice todo. En efecto, todo comienza en la mirada, pero no todo se queda en la mirada.
Ahora, el poeta se pone en movimiento, y nos da cuenta de momentos especiales vividos en diversos lugares a los que ha tenido ocasión de viajar. En realidad, sea en el parque de abajo de su casa o en Liubliana o Mostar, al poeta le da igual. Dentro de un montón de turistas que fotografían embobados lo que ven, el escritor (que nunca está de vacaciones), pone su mirada en detalles que pasan desapercibidos a la masa (cantos lejanos, figuras que se pierden en la esquina, el paisaje que se percibe a través de la ventanilla de un tren). Pero, enseguida, su palabra se eleva para iniciar una profunda reflexión sobre diversos aspectos de la condición humana. Y lo hace con tal sabiduría y dominio del lenguaje, que provoca en el lector sorpresa y un cierto estremecimiento intelectual.
La poesía de Camarasa, en efecto, se inicia en la contemplación, pero es fundamentalmente discursiva. No encontramos ni grandes odas ni poderosas imágenes (su estilo es directo y sobrio, de línea directa). El poeta sublima lo que ve para buscar un viaje interior donde indaga con ahínco en el sentido de la verdadera felicidad.
En este sentido, el libro atraviesa esa tensión que existe entre la alegría de haber encontrado un tesoro, y la conciencia de su pérdida. En muchos momentos parece encontrar la plenitud, pero -en el mismo verso- toma conciencia de que esa plenitud es efímera. Tal es la condición humana -temporal, voluble- y él la acepta con serenidad.
Con todo, no se trata de una poesía pesimista, sino fruto de la reflexión. Podríamos concluir que la verdadera plenitud es ser consciente de que todo es transitorio. Por ejemplo, el olor a humo sardinas que queda en sus manos después de una tarde en un establecimiento cercano a la playa (¡qué recuerdos de mis veranos en Suances!), es solo la evocación de un momento irrepetible que ya se está difuminando.
Los poemas que más me han ayudado a esta benéfica y sanadora reflexión son Tour, Sarajevo, Sardinas, Playas de los muertos (una advertencia a nuestra insensibilidad), y, el que cierra el libro, Santuario (diríamos, un final redondo). Pero hay muchos más: es difícil elegir.
Gran poeta Camarasa. Un gusto haber participado en sus dos presentaciones.














