Este autor húngaro, actual premio Nobel de literatura, se dio a conocer con esta insólito relato. Estamos en algún lugar no nominado de la espesa geografía húngara. Una mujer vuelve en tren a su ciudad también sin nombre. El tren ha salido impuntual, los horarios son un caos, nadie sabe nada, y nada funciona correctamente.
El regreso a su ciudad es un calvario, pero no terminamos de saber por qué. Cuando al fin llega, hay apagón general, las calles quedan en penumbra, y, además, llenas de basura a causa del deficiente servicio de limpieza. Van apareciendo personajes. Nadie toma las riendas en medio del caos. Solo hay conformismo y mediocridad. Lo único que llama la atención es una especie de representación circense, que consiste básicamente en un enorme artilugio mecanizado que avanza por las calles, llevando dentro una gran ballena que parece muerta o moribunda.
Este cuadro kafkiano nos llega envuelto en un estilo endiablado. Frases larguísimas, sin puntos y aparte, y con frecuentes acotaciones entre paréntesis, de manera que no sabes muy bien quién está hablando o de qué. Su lectura hace más tedioso el tedioso ambiente que quiere representar. Se supone que es una alegoría de la vida en clave existencialista.
Llegué hasta la mitad. Miraba continuamente cuántas páginas faltaban, y seguían siendo muchas. No era plan. Si alguien se anima a leer al último premio Nobel, está avisado.
Posdata: creo que hay película. Una hora y cuarenta. Al menos no es muy larga...

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