Hace tiempo que voy siguiendo la trayectoria de José Luis Zerón. No sé muy bien por qué, me atrae sobre manera su lírica, y también he sentido yo, querido José Luis, esa voz llameando en mi interior y he escrito versos muy largos y muy gritados, que me publicó con gran calidad Frutos del tiempo.
Por eso, cuando me topé con En un lugar seguro, y ahora con De exilios y moradas, pensé (quizá con
injusticia) que, a pesar de tanta poesía de la experiencia, de tanto coloquialismo latino,
de tanto postureo transgresor, de tanta monserga de amores nocturnos y malditos
empapados en alcohol…, a pesar de todo eso, la poesía, la gran poesía, la
poesía con mayúscula sigue existiendo.
Zerón se pregunta sobre los grandes temas de la vida, sobre nuestras aristas existenciales. No habla de sus problemas personales, desnuda la condición humana y la coloca justo en la ineludible encrucijada que se le presenta, arrojado como está a una existencia que, en el fondo, no comprende. “Hay una huella de sed en nuestras miradas” (p. 44), nos dice con verdad. El poeta coloca al lector al borde del abismo.
Zerón se pregunta sobre los grandes temas de la vida, sobre nuestras aristas existenciales. No habla de sus problemas personales, desnuda la condición humana y la coloca justo en la ineludible encrucijada que se le presenta, arrojado como está a una existencia que, en el fondo, no comprende. “Hay una huella de sed en nuestras miradas” (p. 44), nos dice con verdad. El poeta coloca al lector al borde del abismo.
Solo tenemos dos maneras de existir: o conformarnos
con lo ineludible mientras la vida pasa ante nuestros ojos; o hacernos las
preguntas insoslayables aún con el riesgo de no encontrar respuesta. José Luis
Zerón ha escogido la segunda. Quizá sea la más osada y peligrosa, pero también
la más acorde con nuestra dignidad de seres humanos. “Bienaventurados aquellos
que no tienen miedo cuando abren los ojos” (p. 40). Somos como el ciervo que
busca las fuentes de agua, no lo olvidemos.
Bravo por José Luis Zerón, sí señor.
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